Moltó

Jesús Jank Curbelo

molto

Me abrazó de verdad y le temblaban las manos por el parkinson y a mí estaba temblándome el cerebro y no pude hablar.

Dijo que me leía. Yo sonreí y después apreté el asa de la mochila que llevaba al hombro y Barbarita Doval salvó la escena con (su) formalidad típica. Hizo algo. Nos dijo algo.

Yo controlé el nervio.

Llevaba los espejuelos tintados sobre el bigote y la camisa ancha.

Dijo algo que mi cerebro temblante no pudo atrapar y se alejó despacio, con Barbarita.

Los meses siguientes lo escuché hablar en dos mil reuniones, en eventos, completamente absorto.

Me seducía la forma resuelta en que hallaba las palabras y las hacía brincar por el aire armando oraciones; diciendo, sincero, lo que nos hace falta en periodismo.

Hace poco estuvimos en Santiago.

Recorrimos las plazas, el Moncada, Santa Ifigenia, el Cobre.

Él parecía asombrarse con todo. Parecía que siempre sabía qué decir.

Cuando partimos, nos despidió a todos desde la acera y le dije adiós desde la ventanilla mientras nos alejábamos.

Ahora es él quien se aleja. Espontáneo, despacio…

Y ahora otra vez, desde la ventanilla de la PC, le digo: adiós, mi hermano. Gracias, mi hermano. Nos vemos, mi hermano.

Hubiera querido abrazarlo otra vez.

Días

Jesús Jank Curbelo

Llego al periódico después de almuerzo.

Abro el Gmail aunque sé que está lleno de spam y de correos que no suelo leer. Reviso todo. Lo cierro. Abro el correo del periódico. Lo mismo.

Abro Facebook. Desbarro entre las notificaciones y entre los mil no sé cuántos amigos de los que sé de no menos de cinco y no más de diez. Me entero de sus cosas. Viajes, divorcios, bodas, viajes, chistes, divorcios, bodas, viajes.

Chateo con los no menos de cinco y no más de diez y luego cierro Facebook y ya hace cuatro horas que abrí Facebook.

Abro El País y leo las columnas.

Cierro El País y googleo mi nombre a ver si está pasando algo conmigo que yo no sé (hace tiempo que me entero mediante Google de lo que me pasa. Google, a veces, es más efectivo que la realidad).

Voy de nuevo al correo. A los dos. Abro una página de música.

Reviso Facebook y apago la máquina porque oscurece y ya es hora de irme.

Hace tiempo que el tiempo no me alcanza para comer.

Demasiado persona

Pero yo vi a Fidel contando pasos y midiendo el tiempo mientras caminaba alrededor de una mesa.

Yo vi a Fidel diciendo que era un preso, un esclavo de sí mismo. Un Fidel tímido.

Que vio Titanic y yo vi Titanic; que leyó a Faulkner y yo leí a Faulkner. Yo vi a Fidel sufrir resueltamente extrañando a una mujer.

Vi a Fidel caballero, de uñas largas, avaro de tiempo hasta al no afeitarse; jugando al básquet, despeinando a un niño, con unas Nikes negras bajo el uniforme, con sus espejuelos, descifrando un dibujo en una pared.

Lo vi, y estuve viéndome.

Me pregunté qué había estado haciendo que no lo había visto así hasta entonces: sentado como un tren en reposo sobre una silla, cansado, mientras fumaba un tabaco con las ganas que dijo de ir a fumárselo en alguna esquina, creo que de noche, creo que observando; quiero que sea junto a un edificio.

O aquel era Fidel a media tarde mirando su reloj.

Un hombre tierno, limpiándose el sudor entre la gente por encima de los ojos, con una banderita como la que me cuelga del teléfono.

Era Fidel leyendo poesía aguantando su cabeza con las manos.

Era un niño encaramado en un árbol armando versos.

Creo que lo recuerdo frente a un tablero de ajedrez, curioso, ensimismado.

Quiero leer suya la reflexión sobre Deng Xiaoping (14 de junio de 2012; 1 y 40 p.m.).

Creo que lo recuerdo enamorado de Sofía Loren. Con su niño sentado entre las piernas. Leyéndose a sí mismo en el periódico.

Era, también, demasiado persona. Y yo me siento casi en la obligación de amarle como se ama (con atención) la vida de los hombres.

Y de llorarle (casi ingenuamente) como se llora a un hombre al que la muerte ha procurado una ofensa absolutamente real.

No mágico

Digo sinceramente que estoy dormido, y que apenas coordino, que estoy ya hastiado de ver a mi hijo una hora o dos al día, o más, durmiendo, que quiero estar un día, y varios días, con él, y con mi esposa, que todo esto de la trascendencia me está dañando por mucho que digan que escribo bien, que tal y que tal cosa, por mucho que me encierre en la habitación y baje con la llave en la mano apenas a la hora de sentarme a la mesa, pedir el periódico, mirar los cuadros alrededor y las copas vacías, las una o dos personas que vienen a sentarse y que mañana, mañana en la mañana, ya no estarán, o no estarán al menos a la hora de sentarse otra vez a la mesa. Y como solo. Meriendo solo. Solo. Solo. Todo. Qué triste. Total, luego me preguntan y diré que en el viaje me fue bien, que un avión en vuelo es como una guagua que avanza por tierra con dolor en los oídos, de mandíbula, con un modo estupendo de tragar saliva para que reviente la cavidad comprimida en la oreja, por dentro, y mascar chicle, y que el paisaje luce como una nube vista desde arriba, porque eso es, no más, no mágico, nada. Sin embargo se me hace corto el viaje aunque ando sin audífonos, porque ahí luego seré el extranjero, comenzarán a cerrarse todas las puertas y andaré corriendo de un lado a otro, con tal de cumplir.

UNA IMAGEN

pinturaAsí que me senté, crucé la pierna sobre la rodilla y dejé salir las lágrimas. Cada frustración que emergía fuera era como un pesado saco de arena en la caja de un barco, en espera del hombre sudado y ancho que viniera a ponerlo sobre sus hombros, por detrás del cuello, que equilibrara el peso de mi cansancio en sus piernas y avanzara pesada y tristemente, siguiendo la línea amarilla y recta del suelo. Es la imagen que me hago. Alguien forzudo, de facciones redondas y sin más ropa que una camiseta probablemente blanca. Va descalzo, descalzo o con zapatos de tacón mediano y cordones de cuero, y pantalón cortado a las rodillas. Un hombre con el lenguaje ordinario transporta a hombros toda mi tristeza, la vierte dentro de un carretón blanco de hierro con tres ruedas, va a cernirla, la coloca en el jibe y cae al cubo una tristeza más o menos limpia, más bien en polvo; en la malla, tarugos de pensamiento enfermo. Y esta imagen, supongo, es la mediación entre falta de sueño y pesar, entre el acero que sirve de compuesto al dragaminas y mi pierna cruzada, que ahora está debajo de la rodilla, apoyada al asiento, con el peso de la otra pierna encima. Ya no hay llanto. Solo un dolor perenne detrás del cuello, a la altura de los hombros, que avanza tristemente por la línea amarilla, recta, del suelo a mis pies.

Invierno

Dígame, por favor, alguien consciente, si existe una palabra más certera que lamentable, o triste, o deleznable, para calificar este suceso que a narrar me dispongo…

Eran como las dos de la mañana. De un viernes. Y yo estaba sentado con mi hermano en el contén de los bajos de mi edificio fumando, conversando, sin sueño. A estas horas en una calle céntrica e intranquila como Belascoaín, más en la víspera del fin de la semana, lo común es que pase mucha gente. Y autos. Se dirigen bullangueros al Malecón, a algún sitio nocturno; se reúnen en todas las esquinas a filosofar de fútbol, de pelota; o arman bajo un poste la mesita del dominó. Allí amanecen siempre. Y con el sol del sábado, descansan.

La mujer de esta historia tenía veintitantos años mínimos. La vimos como un bulto escuálido desde lejos cruzar la calle ancha del semáforo. Y se vino a parar junto a nosotros. A un metro o dos. Llevaba minifalda, pintura y el cabello largo, suelto. Y una bebé de apenas unos meses cargada al hombro como una maleta, como un apéndice. Era día de invierno. Había estado lloviendo toda la tarde y el cielo, todavía, tenía un tono rojizo, sin estrellas, amenazante. La bebé, sin embargo, estaba apenas cubierta por un pañal. Tenía los ojos grandes, abiertos. Sentía frío. Y yo supuse que la mujer había madrugado con su pequeña por algún motivo. Quise darle una manta.

Paró un auto. Bajó la ventanilla. La mujer se acercó. Y, desde mi sitio, pude escuchar que una voz masculina le dijo: ¿cuánto? Ella: treinta dólares. Él replicó. Ella dijo que el costo era mayor porque llevaba una niña en brazos. Luego subió al auto. Y yo me puse pálido. Y mi hermano. Y subimos la escalera del edificio para no pensar…

De esta mujer me gustaría creerme que no hay gentes a su alrededor. Que es una mujer sola, equivocada, buscando soluciones de la manera menos ventajosa. Que un día, por sí misma, va a decir basta y va a salirse de eso. Me gustaría. Pero es imposible. Y quisiera creerme que tiene una familia que la aprehende, una vecindad que le tiende la mano quizás no con rechazo, sino tendida, así, para que la asa y de con la solución a esos problemas (los económicos, probablemente, y a los demás). Porque, en definitiva, todo el mundo necesita de alguien que no le dé la espalda mientras trilla por la senda contraria.

Me gustaría creerme que algo pueden hacer aquellas casas de ayuda a las familias, de consejería. Los centros de atención a los infantes. Pero esta es una carga con la que ellos no pueden solos. Ahí entramos todos. Aunque no se me ocurre, de momento, qué pudiera hacer yo…

Ahora lo escribo y me siento cómplice. Quiero volver el tiempo. Y recuerdo los ojos de la niña. Y me pregunto cómo interviene ella, inocente, en el precio de la madre; o cómo hay madres capaces de hacer eso; o qué habrá sido de la pequeña; o qué será de ella cuando tenga mi edad. Y tantas cosas. Y me siento culpable. Y tan culpable como soy yo es mi hermano, y todo aquel que permita que algo así, sin adjetivos, suceda. Todo aquel que, por lo menos, no lo denuncie. O que, desde su espacio, se quede inmóvil, suba la escalera, trate de tapizarlo…

No sé si existen leyes al respecto. Es probable que sí. Pero a este burro permitirle caerse varias veces es un peligro. Porque va a ser tarde cuando, por fin, alguien sea valiente, y se disponga a enderezarle a palos.

Atasco

 Conocí a un hombre bueno que se rindió. Era el sonidista del local donde, muy frecuentemente, con mis amigos, bebo café. Dicen que ya no pudo, que se obstinó, que todo estaba áspero, que la vida está dura. Dicen que no le quedaba ni la esperanza.

Decidió suicidarse.

Lo conocía de vista, de pedirle aquella canción o esta, de prestarle la fosforera. Pero me contaron. Y eso me puso triste.

Estuve horas asimilándolo. Di vueltas y vueltas. Salí de casa, caminé el pasillo del edificio, fui hasta la ventana que está justo al costado de la escalera. Entonces miré el mundo… Hacen días de frío. Llueve, truena. La ciudad se desboca. Uno la observa, la mira desde un punto arriba, lejos, y luce gris. La gente anda cubierta; pero desde ese lado interior de una ventana uno se siente protegido, tibio. Puede juzgar o amar o detestar ese pedazo de mundo que es de uno; uno que tiembla, alza el dedo índice, lo apoya en el cristal, señala al cielo, o a las paredes de los edificios, o a las personas que desandan fuera, y puede componerlo todo a su gusto. Cambiarle los colores. Hacer que llueva, o que florezca, o nieve.

Detrás de una ventana, resguardado, uno está cerca de sentirse un dios.

Algo cercano sucede con la vida. Uno se acuesta y se la recompone. Planifica, concibe, traza pautas, estrategias. Uno mapea sus asuntos. Busca el modo rentable de resolverlos. Se acuesta pensando en que, con el sol, quedan cosas pendientes que resolver. En casa, en el trabajo. A las seis, levantarse, hacer la cama, el desayuno. A las siete a la calle. Encaramarse en el transporte público. A las ocho esto, aquello o esto otro.

Pero hay algo que sucede con la ventana. Es el momento triste de bajar el dedo, de volver la vista; de saber que, aunque luce sencillísimo, uno debe resignarse a lo azul del cielo, a las paredes rectas de los edificios, a que no caiga nieve. A poner el pie en el suelo y salirse de lo blando de la cama. Y saber que las horas que a uno lo componen también componen a otros. Y uno debe adecuarse a ello. Porque, a fin de cuentas, uno es un ser circunstancial.

Entonces comienzan las rutinas. Las trabas, los tropiezos, los atascos, la convivencia. Entonces todo aquello que parecía simple va embrollándose. Se complica a tal punto que uno piensa que no es dueño siquiera de su vida, que está sujeto a todas esas cosas que, como pequeños trastazos silentes, van tumbando a pedazos los cientos de ilusiones, los proyectos, los rezagos del mapa que uno compuso, la estrategia incluso. Casi todo se herrumbra. Y uno piensa en abandonar. Y a veces abandona. Da paso a otros proyectos y cuestiones. Hace como que olvida. Se resigna. La vida me pasó la cuenta, dice. No puedo, dice. Ya no tengo ganas, dice. Luego se rinde.

Se rinde como el hombre del que hablaba. Como si fuera esa la manera de solventar las trabas, las tristezas. Como si la esperanza fuera algo que uno, sencillamente, puede dejar marchar.

Aún lo pienso y no lo asimilo.

Así que escribo esto para dejar claro algo, y es que uno es tan dueño de sí mismo como de sus problemas. Y del modo de resolverlos. No puede hacer que llueva, o que alguien ya no piense como piensa, o hacer pájaros, flores. Uno puede persistir, obstinarse, trazar mapas, maniobras nuevas. Hasta que un día salga, como por magia, alante casi todo…

¿Dónde dice que, aunque sea detrás de una ventana, no puede uno convertirse en un dios?