SIN TITULO III

Hay sin embargo noches como esta en Self Portrait- Between Clock and Bedlas que uno está interiormente vacío, en las que uno se sienta frente a las teclas y no es capaz, siquiera, de engarzar tres palabras con coherencia, o de manera hermosa, desleal, emplumada, tal que si descascaran los ojos del lector (que es uno mismo, por el momento) calen con tanta fuerza en el cerebro como un martillo, una trepanación artificial de lo concreto que está, aunque hay noches tensas, como esta, en las que uno se levanta de las teclas, va hasta el café y lo arma, abre la puerta del cuarto donde duermen las personas que son coaxialmente las personas, únicas dos por las que hasta podría dejar de fumar, mas uno abre la mochila y el bolsillo está hueco de cigarrillos, lleno de boronilla carmelita que no es fumable, y uno se alborota, busca en el agujero de la casa, la sala, la cocina, la manera de pensar, de hacer algo, porque sentarse enfrente de las teclas es un dolor todavía más fuerte si es incapaz de crear quien se sienta, si fuerza cosas que salen forzosas, aunque parezcan sólidas, o firmes, y uno no está conforme, nunca lo está, piensa en la trascendencia, en el paso del tiempo, en que el anhelo, o lo que uno ansía, se encuentra tan lejos como la muerte del cuerpo de alguien que no cree en la muerte, mas resulta que ese alguien está demasiado lejos de ser yo, y que yo siento la muerte cerca, demasiado cerca, me asusta, sudo por toda la espalda, me respira detrás de la cortina, tras el sillón, y yo apuro los dedos, desapuro el cerebro y lo que intento es que fluya algo, algo que no fluye, no fluye, jamás fluye, porque mientras los dedos se desperezan me duele la espalda, la cervical, el tórax, estoy sudando, mordiéndome el reverso de los labios, el agujero que es ya una queloide no visible a no ser que te la muestre, y me apena, aunque es genial recordar siempre que alguna vez también me perforé el labio, tres, o cinco veces, y me pinté las uñas, y los ojos, las uñas varias veces, de negro, los ojos apenas una, quizás dos, no más veces, y salía con el cuerpo flaco y un pantalón roto a escuchar a los demás tocar guitarra, a tartamudear sobre las seis cuerdas en un parque en La Habana, o en un banco del parque en el Vedado, o en un sitio en el que luego habría, por fuerza bruta, de llegar la mañana, bebiendo alcohol, fumando cabos y cabos de cigarros (los que no están), y ceso y me contraigo, me estiro en las espaldas del sillón de madera y se relaja mi cervical, o continúa doliéndome, así que aunque mientras más avance en esto más he de sentir luego el dolor, únicamente recomendable luego, en la mañana, cuando abra y relea que de esto hay alguna que otra frase, o alguna que otra construcción dramática que ha de servir de algo, un adjetivo, algo. Pero es inútil. Me estoy poniendo demasiado viejo. Bienvenidos a Suite.