Invierno

Dígame, por favor, alguien consciente, si existe una palabra más certera que lamentable, o triste, o deleznable, para calificar este suceso que a narrar me dispongo…

Eran como las dos de la mañana. De un viernes. Y yo estaba sentado con mi hermano en el contén de los bajos de mi edificio fumando, conversando, sin sueño. A estas horas en una calle céntrica e intranquila como Belascoaín, más en la víspera del fin de la semana, lo común es que pase mucha gente. Y autos. Se dirigen bullangueros al Malecón, a algún sitio nocturno; se reúnen en todas las esquinas a filosofar de fútbol, de pelota; o arman bajo un poste la mesita del dominó. Allí amanecen siempre. Y con el sol del sábado, descansan.

La mujer de esta historia tenía veintitantos años mínimos. La vimos como un bulto escuálido desde lejos cruzar la calle ancha del semáforo. Y se vino a parar junto a nosotros. A un metro o dos. Llevaba minifalda, pintura y el cabello largo, suelto. Y una bebé de apenas unos meses cargada al hombro como una maleta, como un apéndice. Era día de invierno. Había estado lloviendo toda la tarde y el cielo, todavía, tenía un tono rojizo, sin estrellas, amenazante. La bebé, sin embargo, estaba apenas cubierta por un pañal. Tenía los ojos grandes, abiertos. Sentía frío. Y yo supuse que la mujer había madrugado con su pequeña por algún motivo. Quise darle una manta.

Paró un auto. Bajó la ventanilla. La mujer se acercó. Y, desde mi sitio, pude escuchar que una voz masculina le dijo: ¿cuánto? Ella: treinta dólares. Él replicó. Ella dijo que el costo era mayor porque llevaba una niña en brazos. Luego subió al auto. Y yo me puse pálido. Y mi hermano. Y subimos la escalera del edificio para no pensar…

De esta mujer me gustaría creerme que no hay gentes a su alrededor. Que es una mujer sola, equivocada, buscando soluciones de la manera menos ventajosa. Que un día, por sí misma, va a decir basta y va a salirse de eso. Me gustaría. Pero es imposible. Y quisiera creerme que tiene una familia que la aprehende, una vecindad que le tiende la mano quizás no con rechazo, sino tendida, así, para que la asa y de con la solución a esos problemas (los económicos, probablemente, y a los demás). Porque, en definitiva, todo el mundo necesita de alguien que no le dé la espalda mientras trilla por la senda contraria.

Me gustaría creerme que algo pueden hacer aquellas casas de ayuda a las familias, de consejería. Los centros de atención a los infantes. Pero esta es una carga con la que ellos no pueden solos. Ahí entramos todos. Aunque no se me ocurre, de momento, qué pudiera hacer yo…

Ahora lo escribo y me siento cómplice. Quiero volver el tiempo. Y recuerdo los ojos de la niña. Y me pregunto cómo interviene ella, inocente, en el precio de la madre; o cómo hay madres capaces de hacer eso; o qué habrá sido de la pequeña; o qué será de ella cuando tenga mi edad. Y tantas cosas. Y me siento culpable. Y tan culpable como soy yo es mi hermano, y todo aquel que permita que algo así, sin adjetivos, suceda. Todo aquel que, por lo menos, no lo denuncie. O que, desde su espacio, se quede inmóvil, suba la escalera, trate de tapizarlo…

No sé si existen leyes al respecto. Es probable que sí. Pero a este burro permitirle caerse varias veces es un peligro. Porque va a ser tarde cuando, por fin, alguien sea valiente, y se disponga a enderezarle a palos.