UNA IMAGEN

pinturaAsí que me senté, crucé la pierna sobre la rodilla y dejé salir las lágrimas. Cada frustración que emergía fuera era como un pesado saco de arena en la caja de un barco, en espera del hombre sudado y ancho que viniera a ponerlo sobre sus hombros, por detrás del cuello, que equilibrara el peso de mi cansancio en sus piernas y avanzara pesada y tristemente, siguiendo la línea amarilla y recta del suelo. Es la imagen que me hago. Alguien forzudo, de facciones redondas y sin más ropa que una camiseta probablemente blanca. Va descalzo, descalzo o con zapatos de tacón mediano y cordones de cuero, y pantalón cortado a las rodillas. Un hombre con el lenguaje ordinario transporta a hombros toda mi tristeza, la vierte dentro de un carretón blanco de hierro con tres ruedas, va a cernirla, la coloca en el jibe y cae al cubo una tristeza más o menos limpia, más bien en polvo; en la malla, tarugos de pensamiento enfermo. Y esta imagen, supongo, es la mediación entre falta de sueño y pesar, entre el acero que sirve de compuesto al dragaminas y mi pierna cruzada, que ahora está debajo de la rodilla, apoyada al asiento, con el peso de la otra pierna encima. Ya no hay llanto. Solo un dolor perenne detrás del cuello, a la altura de los hombros, que avanza tristemente por la línea amarilla, recta, del suelo a mis pies.

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