Demasiado persona

Pero yo vi a Fidel contando pasos y midiendo el tiempo mientras caminaba alrededor de una mesa.

Yo vi a Fidel diciendo que era un preso, un esclavo de sí mismo. Un Fidel tímido.

Que vio Titanic y yo vi Titanic; que leyó a Faulkner y yo leí a Faulkner. Yo vi a Fidel sufrir resueltamente extrañando a una mujer.

Vi a Fidel caballero, de uñas largas, avaro de tiempo hasta al no afeitarse; jugando al básquet, despeinando a un niño, con unas Nikes negras bajo el uniforme, con sus espejuelos, descifrando un dibujo en una pared.

Lo vi, y estuve viéndome.

Me pregunté qué había estado haciendo que no lo había visto así hasta entonces: sentado como un tren en reposo sobre una silla, cansado, mientras fumaba un tabaco con las ganas que dijo de ir a fumárselo en alguna esquina, creo que de noche, creo que observando; quiero que sea junto a un edificio.

O aquel era Fidel a media tarde mirando su reloj.

Un hombre tierno, limpiándose el sudor entre la gente por encima de los ojos, con una banderita como la que me cuelga del teléfono.

Era Fidel leyendo poesía aguantando su cabeza con las manos.

Era un niño encaramado en un árbol armando versos.

Creo que lo recuerdo frente a un tablero de ajedrez, curioso, ensimismado.

Quiero leer suya la reflexión sobre Deng Xiaoping (14 de junio de 2012; 1 y 40 p.m.).

Creo que lo recuerdo enamorado de Sofía Loren. Con su niño sentado entre las piernas. Leyéndose a sí mismo en el periódico.

Era, también, demasiado persona. Y yo me siento casi en la obligación de amarle como se ama (con atención) la vida de los hombres.

Y de llorarle (casi ingenuamente) como se llora a un hombre al que la muerte ha procurado una ofensa absolutamente real.