Moltó

Jesús Jank Curbelo

molto

Me abrazó de verdad y le temblaban las manos por el parkinson y a mí estaba temblándome el cerebro y no pude hablar.

Dijo que me leía. Yo sonreí y después apreté el asa de la mochila que llevaba al hombro y Barbarita Doval salvó la escena con (su) formalidad típica. Hizo algo. Nos dijo algo.

Yo controlé el nervio.

Llevaba los espejuelos tintados sobre el bigote y la camisa ancha.

Dijo algo que mi cerebro temblante no pudo atrapar y se alejó despacio, con Barbarita.

Los meses siguientes lo escuché hablar en dos mil reuniones, en eventos, completamente absorto.

Me seducía la forma resuelta en que hallaba las palabras y las hacía brincar por el aire armando oraciones; diciendo, sincero, lo que nos hace falta en periodismo.

Hace poco estuvimos en Santiago.

Recorrimos las plazas, el Moncada, Santa Ifigenia, el Cobre.

Él parecía asombrarse con todo. Parecía que siempre sabía qué decir.

Cuando partimos, nos despidió a todos desde la acera y le dije adiós desde la ventanilla mientras nos alejábamos.

Ahora es él quien se aleja. Espontáneo, despacio…

Y ahora otra vez, desde la ventanilla de la PC, le digo: adiós, mi hermano. Gracias, mi hermano. Nos vemos, mi hermano.

Hubiera querido abrazarlo otra vez.

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